Artículo en La Mar de Campos

Tocan a muerto

Cuando el profesor de Geografía de la Universidad de Valladolid, Ignacio Molina, me envió por Twitter las cifras de población que acababa de hacer públicas el Instituto Nacional de Estadística en Castilla y León, lo primero que me vino a la cabeza fue que las campanas tocaban a muerto.

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Y, a pesar de estar con el subidón de quien empieza a ver de nuevo niños correteando por las calles de su pueblo, bajo el sol ardiente de un más que esperado verano; no pude sino imaginar esta tierra como una vasta llanura muerta, vacía, arrasada…, similar a los escenarios en los que se desarrollan las grandes novelas apocalípticas que presagian el colapso de nuestra civilización sin que, ¡qué paradoja!, aquí ni siquiera haya llegado.

No digo que no seamos civilizados como sinónimo de educados, eso no. Hablo de la civilización entendida como la Europa industrial del desarrollo y las ciudades. Porque fíjense, aquí, por lo que se ve, para escapar, no nos valen ni nuestras propias ciudades.

Tan desgraciada es nuestra situación que ni siquiera los grandes núcleos de Castilla y León pueden sacar rédito de la pérdida de población de nuestros pueblos. Aquí perdemos todos. Castilla y León, concretamente, 126.592 personas desde 2011. Esto es lo mismo que decir que todos los habitantes de la capital leonesa hubieran elegido entre morirse o salir corriendo de nuestra comunidad. ¿Se imaginan la ciudad de San Isidoro completamente vacía? Lo que les decía, imposible no pensar en un apocalipsis zombi. Recuerden, además, que en Castilla y León ni siquiera llegamos a 2,5 millones de habitantes. Y, por si no sabían en qué lugar de la estadística nos encontramos, se lo confirmo: somos la comunidad que más habitantes pierde, casi 60.000 personas más que Galicia, la siguiente comunidad más desdichada. Y, para remate de desgracias, no pierdan de vista que detrás de los datos oficiales siempre hay una realidad todavía peor.

Dice el INE que en 2017 desaparecieron de Castilla y León 17.172 personas. Para entendernos, es como si todo Benavente se hubiera marchado. Ya tenemos otro municipio zombi. Y mientras sigue aumentando la sangría de población, siendo el problema demográfico de Castilla y León el más grave de toda España, ¿qué?

Da la sensación de que las ruinas del patrimonio que pueblan nuestra región no son sino la metáfora que presagia nuestro final, el de las personas. Los datos nos dicen que nuestro problema ya no son las iglesias y los castillos que sin más remedio van desapareciendo, porque los que desaparecemos somos nosotros. Esta tierra que casi casi dominó el mundo agoniza sin que nadie repare ni ponga cuidado sobre ella.

Pero no olvidéis que no muere: la matan. Obligaron a la gente a buscar futuro fuera y pronto Castilla y León no será más que la llanura ruinosa que atraviesan las vías del AVE cuando los españoles quieren cruzar de una punta del país a otra. Esa España que nos negó una oportunidad de igual a igual.

Pronto, amigo David, los zombis no necesitarán tu llamada para vagar por las calles de Medina de Rioseco. Pronto los zombis lo ocuparán todo. Pronto, si nada lo remedia, la gente dará paso a la nada.

Artículo en La Mar de Campos

***Publicado en La Mar de Campos en julio de 2018.

Virginia Hernandez
isaeirene2015@gmail.com