Nuestra España vacía

Aprendí en Amelie que cuando el dedo apunta al cielo el imbécil mira al dedo. Y eso es exactamente lo que temí cuando vi a los tres abuelos de Salvados. Así que reprimí la tentación de escribir Mi España vacía kilométrica para escribir, a reacción pasada, sobre la nuestra.

No hubo que esperar ni 24 horas para comprobar que tras la descripción somera de una realidad dramática, no despuntaban las ganas de profundizar en el asunto sino la anécdota y la imbecilidad.

Así pues, a esta España vuestra de sentimientos y autenticidad os sirvieron en bandeja a los tres abuelitos entrañables que desde el ocaso de su vida veían su tierra con resignación. Y entonces llegó el turno de la infantilización y la alabanza.

Y entonces triunfó la verdad universal de la descansada vida de que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido. Pero desde la comodidad de una ciudad.

Y ante tal revelación se inició el decimonónico menosprecio de corte y alabanza de aldea que me recordó a aquella profesora de la carrera que sin haber pisado un pueblo sentía aquella farsa de Fray Antonio de Guevara como su mismísima guía espiritual.

Y llegó el boom a Twitter y se hizo viral la sabiduría de quien vive sin dinero pero con humor. Lo que pasa es que esos abuelos no tenían Internet para poder responderos al tuit. Y tampoco transporte para llegar a tuitearos con el móvil de sus nietos.

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No tenían Internet, ni transporte, ni tiendas, ni bares, ni escuela, ni centro médico, ni farmacia, ni na.

Pero seguíais infantilizando y haciendo bueno al habitante del pueblo solo por serlo. Porque en el fondo nos resulta entrañable la reflexión de quien no ha salido más que 8 días en sus 90 años a la capital. Porque lo seguimos pensando: es un cateto. Un cateto que no se ha corrompido con las perversiones del mundo moderno, pero a quien nadie cambiaría su propia corrupción por su bondad.

Pero este asunto no tiene ni gracia ni tiempo para frivolidades. Vivimos en un país vacío porque se nos sacó de nuestras casas y nuestros pueblos para que los valles que habitábamos se llenaran de agua. Vivimos en un país vacío porque se llevaron a los médicos y a los maestros. Vivimos en un país vacío porque ya nunca más pudimos vivir de la agricultura y la ganadería porque nos obligaron a competir contra Goliat no siendo nosotros ni un cuarto de David. Vivimos en un país vacío porque nos quitaron el transporte y nuestros padres tuvieron que salir, sin billete de vuelta, porque aquí el futuro ya no existía. Y pudo más el amor a sus hijos que el amor a su tierra.

Nos echaron, no nos fuimos. Y eso no tiene ni gracia ni motivo de admiración. La despoblación no es un fenómeno de generación espontánea. Lo que necesitan los abuelos entrañables es que sus nietos vayan al pueblo a verlos y lo que necesita nuestra España vacía es pasar a la acción y a la reacción; para describirnos ya estuvo Miguel Delibes.

Nos expulsan del territorio. Si habéis decidido no reír la gracia, mirad ahora quiénes quieren ser nuestros guardianes…

 

Virginia Hernandez
isaeirene2015@gmail.com