Yo no soy homófobo, pero…

Si este hubiera sido un año normal, la última semana de junio habríamos celebrado las fiestas del orgullo, ya que el 28 de junio es el Día Internacional del Orgullo LGBTI, que viene acompañado, en los últimos tiempos, de otros tantos días de actividades culturales, reivindicativas y, por supuesto, festivas.

De hecho, en los últimos años, tanto la Diputación de Valladolid como distintos Ayuntamientos de la provincia han colgado en sus balcones la bandera arcoíris como muestra de apoyo a las personas LGBTI de nuestros pueblos y también para manifestar públicamente que todas las personas somos iguales con independencia de nuestra orientación sexual o identidad de género.

Pero por desgracia, no hay año que falte quien cuestione tan necesario gesto e incluso le ofenda, aunque nunca reconozca que tiene un problema con la igualdad; como ha pasado este año no solo con la bandera de los balcones, llamada ahora colgadura por culpa de Polonia, la ultracatólica mal llamada cristiana, sino también con la sonada campaña de Correos en la que se ha pintado con la bandera arcoíris nueve buzones y cinco furgonetas, además de sacar a la venta sellos con la mencionada bandera. Una polémica generada por 12.000€ de inversión de dinero público que en solo tres días habían producido un impacto de más de 500.000€. “Yo no soy homófobo, pero”, decían quienes lo criticaban, ¿pero qué? Si no es homofobia se parece mucho.

fotografía de colgadura arcoíris

Colgadura arcoíris en el balcón de la Diputación de Valladolid. Fotografía de Iris Vázquez.

“Yo no soy homófobo, pero…” puede ser, probablemente, la frase más repetida por estas personas que dicen estar a favor de la igualdad, pero a las que es evidente la igualdad molesta. Gramaticalmente todos sabemos que detrás de un pero viene una objeción, una afirmación que estaba llamada a ser absoluta encuentra una piedra en el camino. Y un gesto tan simple y tan valioso como el de manifestar públicamente la defensa de la igualdad entre personas y el fomento del respeto hacia todas las realidades se encuentra, de repente, una objeción.

Y entonces yo me pregunto qué hay que objetar, qué mal encuentra quien se ofende mínimamente con el cumplimiento del artículo 9.2 de la Constitución española que dice que corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas.

Si nadie se toma como un ataque de las mujeres que padecen cáncer de mama hacia quienes no que los Ayuntamientos cuelguen un lazo rosa, si nadie se tomó como un ataque de las personas con discapacidad que nos pusiéramos las gafas verdes el pasado noviembre, ¿cómo puede sentirse alguien atacado por quienes reivindican la igualdad para todas las personas con independencia de su orientación sexual y su identidad de género?

Aún hay países en que matan a la gente por ser homosexual; ¿acaso no es eso lo que debería ofendernos? De la misma manera que yo no puedo ofenderme por las reivindicaciones antirracistas, sino que, por el contrario, a pesar de no sufrir discriminación por mi color de piel, exijo y celebro que todos seamos iguales, una persona heterosexual no puede ofenderse por una bandera arcoíris puesta en un balcón.

La orientación sexual y el género no son ideologías, como tampoco es ideología el color de la piel; por eso en nada puede ofenderme que se reivindiquen los mismos derechos para todas las personas. Si me ofendo es que entonces sí soy homófobo, de la misma manera que son racistas quienes se ofenden por las protestas que reivindican que todos somos iguales con independencia de nuestro color de piel.

“Yo no soy homófobo, pero…” es la frase más útil para, precisamente, detectar a un homófobo. Si te molesta la igualdad entre personas, entonces es que ostentas un privilegio y no quieres perder el ejercicio de tu poder. Este puede ser un buen momento para repensar…

artículo

Virginia Hernandez
isaeirene2015@gmail.com