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Tras el divorcio, ¿podemos?

Llevo días leyendo sobre el divorcio de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. Se mascaba la tragedia desde hace tiempo, pero eso no ha impedido que los partidarios de unos y otros hayan saltado a la arena pidiendo cuentas, responsabilidades, deudas, soltando exabruptos, insultos y demás acciones propias de las bajas pasiones, de esas que surgen del dolor y el rencor en el momento más fiero de la pérdida.

Parece que por mucho que se viera venir, no estábamos del todo preparados. Y supongo que es que, de alguna manera, no nos queremos terminar de creer que lo que empezó siendo una bonita historia de amor haya acabado de tan terrible manera.

De Podemos a podremos a podíamos a pudimos. O algo así.

Y no deja de ser curioso leer a unos y otros y ver cómo cada uno va contándose la película de cómo ha sido y quién falló. Y una se pregunta en qué momento nos olvidamos de asaltar los cielos porque lo importante era esa gran mayoría social y acabamos presenciando ese bochornoso esperpento político en que cada cual se ponía un poco más borrico por demostrar quién la tenía más larga.

A toro pasado resulta menos complicado hacer los análisis, y yo, reconozco que precisamente analista no soy. Pero por más que leo y leo no termino de estar de acuerdo con ninguno de los dos bandos. ¡Ay qué tristeza!, hablando de bandos…

Yo no sé qué es mejor para Podemos, pero había entendido, hasta ahora, que lo mejor para Podemos era lo mejor para la mayoría. Y, sin duda, así seguirá siendo, pero la inapropiada telenovela acaba por enturbiarlo todo…

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Si empezamos por el final, por ayer, estoy de acuerdo en que lo que ha hecho Errejón es de una deslealtad absoluta, pero, aunque no sé si es ingenuidad por mi parte, prefiero pensar que más que una estrategia personal a causa de su ansia de poder, su alianza con Carmena responde a una alianza desesperada por construir una herramienta para esa mayoría social, en un panorama ya de por sí disparatado. Y ya, ya sé que las bases habían elegido otra cosa, pero no podemos olvidar que las bases eligieron lentejas, votaron con la nariz tapada, y apenas se movilizó la mitad del censo.

A pesar de eso, sin duda, las decisiones hay que respetarlas, y desde luego, si a Íñigo Errejón ya no le valía el espacio de Podemos, podría haberlo hecho de otra manera (¡Ah no! Que estábamos discutiendo sobre quién la tiene más larga). Pero en todo caso, para analizar los hechos y sus consecuencias, tengamos en cuenta que cuando en la izquierda tomamos decisiones políticas, en demasiadas ocasiones ponemos el termómetro en nuestra pureza ideológica y no en el sentir de la calle. Íñigo lo ha hecho fatal, pero probablemente la gente ha recibido la reacción de Pablo peor, que queda de nuevo como el déspota, el purgador, el que todo lo manipula…

Errejón no ha obrado bien, pero analicemos en la calle quién ha quedado peor, a qué le pasará más factura y cuáles serán las consecuencias. Probablemente, a la familia que está subsistiendo con 400€ se la sudan bastante los acuerdos de nuestras asambleas. Y perdón por esta fea expresión escogida tan adrede.

Si sigo yendo con la memoria hacia atrás, no puedo dejar de pensar en qué habría pasado si Íñigo Errejón se hubiera impuesto en el segundo Vistalegre. Sí, ahí donde tanta gente afirmó que había votado con la nariz tapada. Quién sabe si ese Podemos más moderado, más cercano a la socialdemocracia light y descafeinada, habría recogido el voto del socialista descontento, ese votante del PSOE al que el partido decepcionó pero que nunca votaría una opción más a la izquierda en la que no se siente representado. Quién sabe qué habría pasado si a la izquierda de ese Podemos se hubiera aglutinado el voto tradicional de la izquierda, el militante, el de la pureza y las esencias y el más radical. Ese que no se sentía a gusto con Podemos. Ese votante de izquierdas reafirmado y orgulloso de serlo. Quién sabe si PSOE, Podemos y esa hipotética Unidad Popular no podrían haber sido el monstruo parlamentario de tres cabezas que hiciera frente al monstruo de tres cabezas que ya existe a la derecha y que amenaza con devorarlo todo.

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Y si sigo mirando hacia atrás no puedo evitar pensar si ese monstruo de tres cabezas habría surgido con tal fiereza de haber investido a Pedro Sánchez presidente en marzo de 2016. Investidura a la que yo siempre me opuse, por cierto.

Pero todo esto son futuribles… Y seguro que me equivoco.

En cualquier caso, si miro hacia atrás, siempre llego a un mismo punto, las elecciones municipales de 2015, aquellas en las que verdaderamente estaba en juego la unidad popular. Y no me vengáis ahora, errejoners, justificando la maniobra con discursos que hablan de personas y relativizan siglas, cuando fuisteis vosotros los que hicisteis labor imposible la de conquistar Ayuntamientos como el de Valladolid. Lo importante en ese momento no fueron las personas, si no que no se perdiera la parcelita de poder (en muchos casos caída del cielo) que la nueva marca proporcionaba.

 

Resultados electorales Valladolid 2015

Cierto es que en Madrid fue distinto, ahí teníamos a Carmena. Y ni que decir en Barcelona con Ada Colau (para los que luego dicen que las personas no importan). ¡Los proyectos dependen mucho también de las personas! Y en este caso, el proyecto de Podemos, para que siga pudiendo, tiene que cambiar precisamente de eso, de personas. El proyecto está ahí, sabemos que tiene capacidad de ilusionar; y también que la desilusión se ha acentuado sobremanera cuando se lo habéis arrebatado a las personas para convertiros vosotros en el proyecto.

Si Íñigo Errejón ya está fuera de Podemos, me atrevería a decir que ahora quien debe dar un paso atrás es Pablo Iglesias. Si Podemos fuera una casa, ahora lo que hay que hacer es ventilar.

Eso sí, imprescindible: que los nuevos moradores aprendan a lavar los trapos sucios en casa, que no podemos estar todos los días de limpieza general. En esto sí podríais aprender un poco de los viejos partidos: ¿creéis que no tienen problemas?, ¿que no se odian?, ¿que no hay puñaladas, estratagemas y zancadillas? Mirad a Sáenz de Santamaría y a Cospedal. Y mirad también que tiene que estar muy chunga la cosa para que alguien, que no se sabe quién es, filtre un vídeo de Cifuentes mangando cremas…

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No obstante, quiero pensar que esta querencia de la izquierda por destrozar sus frentes comunes de manera pública discutiendo quién tiene razón reside en que es a eso a lo más glorioso a lo que queremos aspirar. Otros saben que no es la razón ni la largura lo que se juegan, sino sus niveles de vida, sus chiringuitos, su influencia y el verdadero poder.

Poder que les seguiremos regalando por los siglos de los siglos si seguimos discutiendo si son galgos o son podencos, porque son perros. Y es que, por favor, recordad, no hemos llegado hasta aquí para quedarnos con el poder, sino para conquistarlo como pueblo.

P.D: quiero deciros, Pablo, Íñigo, Manuela, Rita, Irene, Ramón y demás gente de la panda, que en las provincias estamos hasta el coño de que al final todo dependa de Madrid. Porque de los polvos de esta pataleta y este enfrentamiento entre machos alfa, los lodos que sufriremos en nuestros Ayuntamientos. Recordad el día que estemos recontando papeletas: por estar harta la gente de vuestros conflictos, pagarán los que no se doblegan en nuestros pueblecitos.

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Virginia Hernandez
isaeirene2015@gmail.com