Artículo en La Mar de Campos

Poema de los comuneros

Las personas que suelen leer lo que escribo, en La Mar de Campos, en mi blog, en redes sociales… saben que no se me escapa un mes de abril sin hablar de nuestra tierra, de la historia comunera, del mito, de Castilla y de los castellanos.

Y es que por más años que pasen, no cesa mi perplejidad, mi asombro y mi indignación con el trato que desde las individualidades hasta las instituciones, pasando por los centros culturales y propios de la enseñanza y el saber, se da a la historia de nuestro pueblo.

Pero esta vez no hablaré del origen del castellano, de la casualmente olvidada María Pacheco, ni del mito comunero. Bueno, del mito comunero sí, porque quiero hablaros del poema que escribió Luis López Álvarez, que yo conocí a través de la versión musicalizada del Nuevo Mester de Juglaría y que, cuanto menos, es la descripción hecha romance de los hechos que acontecieron en torno a 1521 y la Guerra de las Comunidades de Castilla.

Nuevo Mester de Juglaría

Decía que no quería hablar de mitos porque no quiero entrar a discurrir esta vez cómo los pueblos construyen su identidad a partir de ellos, pero quiero hablaros de este poema que, incomprensiblemente, no se ha convertido en el cantar de gesta sobre el que se funda la identidad del pueblo castellano.

Luis López Álvarez publicó en 1972 el Poema de los Comuneros. Con fuerte rigor histórico y en inevitable forma de romance, narra la Guerra de las Comunidades, el hecho histórico más relevante de los últimos cinco siglos en Castilla, en un prólogo, seis partes centrales y un epílogo.

Sin embargo, como he dicho antes, yo no conocí este poema porque en clase de Literatura o Historia me hablaran de él, sino porque mi gusto musical me llevó a descubrirlo, probablemente, cuando ya se me había pasado la edad de estar en cualquiera de esas clases. ¡Menos mal que tengo esta rarita querencia musical, y me da por ponerme jotas en casa…!

Resulta que la Guerra de las Comunidades, que es la primera revolución de la historia moderna, y el espíritu comunero, que es el elegido para exaltar la identidad de nuestra comunidad autónoma (que no de Castilla entera), son narrados en un poema que apenas contiene fábula, como si la contienen otros, como el Cantar de Mio Cid, sin ir más lejos, y no se ha convertido en los versos en que se reconocen las personas castellanas y en que fundan su identidad y orgullo como pueblo. Ni lo enseñamos en las escuelas, ni sabemos de su existencia.

Ejecución de los comuneros

No sabría decir si este desconocimiento es causa o consecuencia. Pero sí me siento con la capacidad de insistir en que no amamos nuestra tierra porque nos hemos criado sabedores de que esta era una tierra a la que no merecía la pena amar.

Arranca el disco que pone música al poema con las mismas letras que rezaban los pasquines colocados a la puerta de las iglesias al comienzo de las Comunidades: «Tú, tierra de Castilla muy desgraciada y maldita eres, al sufrir, que un tan noble reino como eres, sea gobernado por quienes no te tienen amor». Y qué triste vida, lo mismo podrían rezar los pasquines que pusiéramos hoy en las puertas de las iglesias, de las tiendas, o en un tuit. Qué triste vigencia y actualidad.

Y mientras seguimos desgraciados y malditos, desconocedores de nuestra historia, de nuestros autores y nuestras letras, sin un ápice de orgullo de lo que fuimos y somos, miramos con recelo al que saca pecho de lo que es. Y mientras recelamos, nos olvidamos más de nosotros mismos. Y nos desangramos y nos marchamos y desaparecemos.

Y quién sabe si en unos años, cuando en Castilla ya no quede nadie, los historiadores extranjeros habrán conseguido convencer a quien quede en la península de la importancia que tuvieron, no solo para Castilla, sino para toda Europa, la existencia de Bravo, Padilla y Maldonado, del obispo Acuña, Juan de Zapata y María Pacheco,  y de su lucha contra un rey extranjero al que las subvenciones de turismo nos han obligado durante todo un año a venerar.

Malos tiempos nos auguran, pero les escribe una comunera que aunque vea en el horizonte el cadalso sigue pensando, como si fuera irreductible, que si los pinares ardieron, aún nos queda el encinar.

Artículo en La Mar de Campos

***Artículo publicado en La Mar de Campos en abril de 2018.

Virginia Hernandez
isaeirene2015@gmail.com