Ni gente sin pueblo ni pueblos sin gente

¡¿Que no hay casas para vivir en los pueblos?! La misma pregunta sorprendida tenemos que escuchar cada vez que alguien sin vínculo ni conocimiento del medio rural  castellano se entera de lo difícil que es para una persona joven emanciparse en su propio pueblo.

Todos hemos oído hablar de lo complicado que es acceder a una vivienda en la ciudad, sobre todo en las más grandes, como Madrid o Barcelona. En los últimos tiempos, de hecho, hemos sido testigos de un sorprendente debate sobre si la vivienda es un derecho, como dice la Constitución, o un bien de mercado, o escuchamos cada día cómo los precios están cada vez más altos y sobre la necesidad de regular los alquileres.

fotografía de tejados hundidos

Casa en ruinas en Urueña

Cualquier persona sabe de la dificultad de acceder a una vivienda en Barcelona, aunque nos pille a kilómetros. Sin embargo, cuando toca hablar de nuestros pueblos, siempre la misma pregunta sorprendida. ¡Claro! El foco nunca nos apunta a nosotras. Pero no solo eso, el interesado mantra de que la gente se va de los pueblos porque no quiere quedarse en los pueblos ha calado en el imaginario colectivo como una verdad absoluta. Amén de que la lógica para cualquier forastero es aplastante: cuanta más gente se vaya de los pueblos más casas vacías habrá a disposición de aquellos locos a los que se les antoje volver. Pero no. Así como la existencia de viviendas vacías en Madrid, Barcelona o Valencia no implica necesariamente la posibilidad de acceder a ellas, en nuestros pueblos, la existencia de viviendas vacías no implica, en ningún caso, que podamos vivir en ellas.

Nuestros pueblos están llenos de casas vacías, sí, pero ni se venden ni se alquilan, por lo que quienes viven en los pueblos y quienes quieren vivir en ellos, pero no pueden, ven cómo ante su vista se van hundiendo los tejados mientras sus propietarios ni conservan, ni arreglan, ni alquilan, ni venden.

La gente de los pueblos es espectadora en primera persona de cómo las viviendas, y en muchos casos también, como consecuencia, su patrimonio vernáculo, se van deteriorando y acaban por perderse. Pero hablemos claro, los hay que no solo contemplan, sino que promueven tales pérdidas. ¡Cuántas veces habremos oído a las mismas personas que ni se ocupan ni se desprenden de sus propiedades quejarse de que nadie quiere venir a vivir al mismo pueblo que ellos mismos con su dejadez están arruinando! Paradojas de la vida.

Yo me pregunto, ¿para qué querrán atesorar tanta ruina? ¿De qué les sirve devaluar su patrimonio de tal manera?

Puedo hacer un esfuerzo enorme para entender que a alguien que no vive en el pueblo y que heredó una vivienda junto a  otras dieciocho personas con cuya mitad no se habla, le cueste menos dejar caer una casa que ocuparse de ella. Pero lo que no es congruente es que alguien atesore un buen puñado de inmuebles en absoluta decadencia mientras se lamenta de que los jóvenes se van a la ciudad.

En cualquier caso, y hecho el diagnóstico, para poner en evidencia el problema y plantear su posterior solución no es necesario empatizar con los herederos rurales del Tío Gilito ni con los 18 familiares que no se hablan, sino legislar.

fotografía de Villacreces

Panorámica del pueblo abandonado Villacreces

Es imprescindible para la supervivencia de nuestros pueblos que esta sociedad se haga consciente del impresionante problema de acceso a la vivienda que hay en el medio rural. Que se ponga de manifiesto que ni las personas jóvenes ni las mayores tienen posibilidad de comprar y mucho menos de alquilar y que esa acaba siendo en muchas ocasiones la razón fundamental por la que abandonamos nuestros pueblos, aunque no queramos. Las relaciones abusivas no se dan solo en las grandes ciudades.

No toleremos nunca más que alguien diga que los pueblos se vacían porque nadie quiere vivir en ellos. Hablemos claro sobre cómo la dejación de particulares y organismos públicos expulsa a las personas del medio rural y exijamos soluciones.

Cuando todas las personas que quieren vivir en un pueblo hayan satisfecho sus deseos, si sigue cayendo en picado y a esta velocidad su población, será cuando no tengamos más remedio que sentarnos en una piedra y llorar. Mientras tanto, la vivienda es un derecho, también en el medio rural y el derecho a acceder a ella una exigencia de la misma relevancia y magnitud que en las ciudades. Si los propietarios no quieren conservar, ni arreglar, ni alquilar, ni vender, exijamos a las administraciones que, como mínimo, les obliguen a cumplir la ley que ya existe y por la cual todo propietario tiene que hacerse cargo de sus propiedades, pero vayamos más allá: exijamos una ley de vivienda que ponga fin al deterioro vergonzoso al que están sometidos nuestros pueblos y que dé, por fin, una oportunidad a todas las personas que quieren vivir en el medio rural.

¡Ni gente sin pueblo ni pueblos sin gente!

artículo

Artículo publicado en el número de agosto de La mar de Campos

Virginia Hernández
virginiahgz@gmail.com