artículo

Marcelino

Marcelino representa la tercera generación de una familia de panaderos. Trabaja en el obrador desde los siete años y no ha conocido otro oficio en casa; pues el oficio de todos sus parientes había sido siempre el de hacer pan, dulces y, recientemente, nuevas recetas como empanadas, masas para pizza, pan de hamburguesa y otros elementos menos  propios del horno tradicional.

El negocio de Marcelino ha ido menguando. Cuando él era un crío trabajaba allí la familia al completo… pero la cosa ha cambiado; los pueblos cada vez tienen menos gente y la producción cada día es más cara.

Los vecinos de Marcelino veían con cierta pena cómo bajaba el volumen de negocio del panadero y cómo cada vez le costaba más cubrir gastos y ahorrar. Pero esos mismos vecinos ya no compraban tanto en la panadería de Marcelino; si iban a Valladolid, preferían comprar en el centro comercial, que es más barato. Claro, la pena está ahí, pero la pela es la pela y no están los tiempos para derrochar.

Marcelino tuvo que cerrar. Cerró la panadería y con su familia acabó yéndose del pueblo para probar suerte en Valladolid.

Esta ya no es la historia de Marcelino. Esta es la historia de Pepa, la dueña del bar del pueblo de Marcelino. Pepa había dejado de comprar a Marcelino porque por cada barra de pan de Marcelino ella compraba tres en la gran superficie que está junto al estadio, y son muchas las barras de pan que se consumen al día. Ahora, ni Marcelino, ni su mujer, ni sus hijos, van al bar. Una familia entera ha dejado de invertir recursos en el negocio de Pepa.

En el pueblo había también una tienda que hacía las veces de supermercado: champú, detergente, galletas, insecticida, quesitos, aceite, Nocilla… no os repetiré la historia, pero como Marcelino también se tuvo que marchar. La regente de la tienda se llamaba Mari Carmen.

Marcelino tenía dos hijos. Mari Carmen otros dos. Ambas familias se han ido a Valladolid. Ninguna de las dos familias consume ya habitualmente en el bar de Pepa, eso es evidente, pero hay más: al irse cuatro niños del colegio quedaron ya solo otros tres. El colegio del pueblo ha cerrado. Ahora los niños van a otro cole, a 10 kilómetros. Los padres de dos de esos niños andan ahora pesando si irse también, es probable que en Valladolid tengan una mejor educación.

Mari Carmen y la mujer de Marcelino solían juntarse todas las tardes a tomar un café en el bar de Pepa y jugar un parchís con otras dos señoras. El parchís se acabó. Las dos amigas que quedaron en el pueblo no perdieron al principio la costumbre del café, pero ahora prefieren quedarse en casa: no pueden jugar al parchís, solo dos tienen poco de qué hablar, y la falta de ruido infantil a su alrededor las entristece tanto que prefieren no pisar la calle.

Ahora Pepa siempre está de mal humor. Dice que no le sale a cuenta tener abierto el bar. Que no va nadie.

Nunca salieron tan caras tres barras de pan.

Por eso, cada vez que escucho a alguien decir que se va a Valladolid a comprar algo que también venden en su pueblo porque es más barato, pienso que con razón nos vamos al carajo. Entiéndanme, no estoy criticando la optimización de la economía familiar ni mucho menos culpando a quien tiene que mirar el céntimo para llegar a fin de mes. Si llega.

Estoy hablando de la falta de conciencia que tenemos para mantener el escaso tejido empresarial de nuestros pueblos y fortalecerlo respecto a la competencia de las grandes superficies. Es por esto que me pongo negra: porque sí percibo un consenso general en la sociedad para la protección del comercio de proximidad, o sea, el de barrio y el de pueblo; sin embargo, contradecimos nuestras opiniones con unas acciones que, en muchos casos, no hacen sino acelerar la destrucción de todas esas pequeñas empresas familiares. Y por ende, de nuestros pueblos.

Queremos una cosa pero obramos en la dirección opuesta. Aunque esto no es exclusivo de lo rural; en las capitales los pequeños negocios familiares se las ven y desean para hacer frente a la competencia voraz de las grandes empresas.

No sé, por cierto, cómo acaban las historias de Marcelino y Mari Carmen… solo espero que en el barrio en el que se hayan establecido consuman en el comercio de proximidad. También espero que no vayan a pasar los domingos a Rio Explotin, porque por ese innecesario designio, la hija de Pepa, que ahora está trabajando allí, lleva ya tres jornadas este año sin descansar. También espero que la hija de Pepa se tome la caña al salir del curro en el bar del pueblo al que se ha ido a vivir con su novio. Y que el del bar de su pueblo no deje de comprar el pan a su particular Marcelino que aún sigue trabajando y mantiene activa la vida en el municipio. Porque puede que no sean tan caras las tres barras de pan.

artículo

Virginia Hernandez
isaeirene2015@gmail.com