Artículo en La Mar de Campos

Maniqueísmo

Según la RAE, maniqueísmo es la tendencia a reducir la realidad a una oposición radical entre lo bueno y lo malo.

Cuando en la carrera (Filología Hispánica) tocaba tachar una obra literaria de maniquea, salvo honrosas excepciones de la literatura medieval, estábamos diciendo que era mala literatura. Estábamos diciendo que el autor no había sabido expresar la complejidad del interior de los personajes y las distintas realidades y se había quedado en una simplista descripción de la ocurrencia. O lo que es lo mismo, había reducido todo a la existencia de los buenos y los malos sin descubrir las aristas que conforman la personalidad y las situaciones, cuando nunca sucede así en la realidad.

No sucede así o no debería. Pero últimamente siento que vivo en un permanente estado maniqueo. A mi alrededor todo son opiniones enfrentadas, sí no, bien mal, blanco negro. Parece de repente que la gente tiene algún tipo de incapacidad intelectual para dialogar, ¡no solo incapacidad!, sino que ha preferido cambiar la palabra por el rebuzno, en el caso optimista de que al menos haya preferido rebuznar.

Me explico. El otro día iba con el coche hacia Valladolid y de frente a mí venía un ciclista. Para mi sorpresa, al llegar a una curva, un coche aparece justo por detrás y en vez de aminorar la velocidad y respetar al ciclista, lo adelantó a la vez que yo pasaba por el carril contrario, sin dejar apenas medio metro de distancia entre el coche y el ciclista. Mis ojos como platos. A los pocos kilómetros fui yo misma quien me topé con un grupo de ciclistas que invadían absolutamente toda la calzada y era a mí a quien impedían respetar las normas de circulación y a ellos mismos. Cara y cruz de una misma moneda en apenas 10 kilómetros.

Fue entonces cuando recordé tantas discusiones en las que me he visto envuelta de ciclistas demonizando a todos los conductores y (sobre todo, es así) de conductores maldiciendo a todos los ciclistas. Todos buenos, todos malos. Y si hablamos de los carriles bici de la ciudad la polarización es ya irreparable. Como si ser ciclista o conductor de un vehículo de cuatro o más ruedas te otorgase el civismo y la responsabilidad, en vez de la conformación y educación de cada persona.

Pero se me ocurren otros ejemplos. Recordarán el ya abolido torneo del Toro de la Vega. Pues sin meterme a opinar de tan polémico evento, sí puedo afirmar que allí se encontraban dos mundos completamente enfrentados: para los que venían de fuera todos los de Tordesillas eran malos y para los protoro de Tordesillas los malos eran todos aquellos que venían de fuera. Probablemente ninguno de esos grupos estaba conformado por buena o mala gente en su totalidad. Pero acababa todo reducido a la evidencia de una incapacidad asombrosa por ambas partes para entender sus realidades mutuas, dialogar y llegar a un acuerdo común.

Y más ejemplos como el del debate que existe con el lobo y la ganadería, quienes demandan nuevos pantanos para aumentar las zonas de riego y los que se oponen, los que quieren más alto el aire acondicionado y los que no…

Ni que decir tiene el tema estrella del último mes: Cataluña. Tema del que no voy a opinar en estas líneas, porque soy consciente de mis limitaciones, circunstancias y conocimientos, y poco más podré hacer que formalizar otra conversación de barra de bar o parafrasear con algún matiz a los que para mí son referentes intelectuales.

Sin opinar, no negaré que me he permitido en redes sociales, en las que soy muy activa, ir lanzando pequeñas valoraciones sobre gestos o acciones particulares; lo que me ha servido para llevarme palos de todas partes. Porque parece que aquí una vez más, y de manera más fuerte, nos hemos negado, absolutamente, la capacidad de hablar y entender las razones de los unos y los otros. Y no definirse como parte de unos de los bandos oficiales conlleva ese riesgo, aunque estemos ante una misma realidad vista desde distintos ángulos.

Cuando yo iba al colegio era una niña muy guerrera, entiéndase guerrera como muy movida, no mala niña. De hecho mi abuelo me llamaba tormento. Pues bien, ¿saben de qué profesores tengo yo mejor recuerdo? De aquellos que no solo no juzgaron la situación como la percibieron en un primer momento, sino que quisieron enterarse de lo que había sucedido y encima intentaron dialogar conmigo para comprender. ¿Y saben cuáles son los profesores de los que tengo peor recuerdo? De los que me aplicaron el 155.

No digo yo que todo valga, que todo haya que respetarlo o que aceptemos la mentira como verdad. Por supuesto. Digo que hablemos. Mejor, ¡que nos escuchemos! Y que recordemos que claro que hay una línea que nunca se debe sobrepasar, pero esa línea quedó definida hace muchos años, se llama Declaración Universal de los Derechos Humanos. Lo demás se escribe y se borra, se hace y se deshace, se escucha y se comprende. Y los buenos y los malos pertenecen a la literatura medieval y de eso han pasado ya casi 1000 años…

Artículo en La Mar de Campos

***Artículo escrito en noviembre de 2017 para La Mar de Campos.

Virginia Hernandez
isaeirene2015@gmail.com