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Madrid

Madrid, Madrid, Madrid… ¡Hasta el moño estamos de Madrid! Y perdonen que entre tan a saco y no continuando el famoso chotis, pero es que en los últimos días hemos constatado que aquello de “pedazo de la España en que nací” tiene poco de verdad y Madrid se ha convertido más bien en el país entero.

Este es un país megacéfalo y centralista, por más estado de las autonomías que describa la Constitución, desde mucho antes de la pandemia; pero lo vivido en estas semanas atrás ha sobrepasado lo moralmente aceptable, lo racionalmente comprensible y el límite de la indignidad.

A estas alturas de la película, un castellano y leonés no iba a afrentarse por cualquier cosa, que nos sobra aguante y experiencia en lo de ser el último de la clase, la irrelevancia e, incluso, la nada. A estas alturas no vamos a ofendernos ni a reclamar que cuando se hable en la televisión de la calle Goya, no sea otra que la de Madrid, que las personas entrevistadas en el telediario no sean las de Madrid y que los grandes debates políticos no sean los de Madrid. Pero es que ya no nos cabe más Madrid. Esta vez han ido demasiado lejos. No solo nos han ninguneado: nos han pisoteado y despreciado.

En el país entero se vive la crisis del coronavirus como se vive en Madrid. Se sufre como se sufre en Madrid. Se llora como se llora en Madrid. Se protesta como se protesta en Madrid. Y se defiende al gobierno como se defiende en Madrid.

El día de San Isidro lloramos el encierro del patrón de Madrid y tuvimos chulapos y chulapas en el salón de cada casa. Vivimos el llenazo, las colas y las reservas de las terrazas de Madrid. Hemos vivido la desescalada en los pueblos, ¡de Madrid! Hemos maldecido porque Madrid no pasaba a la fase 1, ni a la 2. Nos sabemos de memoria los debates entre gobierno y oposición de la Asamblea de Madrid.

Pero… ¿quién habla de nosotros? ¿Dónde ha quedado Castilla y León?

Fotografía del tweet

Tweet de Jóvenes CyL en Madrid denunciando el silencio comunicativo con respecto a Castilla y León

El 15 de mayo nadie pareció acordarse de que San Isidro es el patrón de nuestros campos. Tampoco parece ser muy relevante que las fiestas patronales de nuestros pueblos y ciudades también se suspendan. Por lo que dicen de nosotros, o mejor dicho, de Castilla – León, porque ni el nombre de nuestra comunidad autónoma se molestan en decir bien, podemos deducir que aquí no hemos estado confinados, ¡ni ha habido pandemia! En esta comunidad autónoma no nos hemos sentado a esperar, primero la fase 1 y después la fase 2. Aquí no se hacen test. Aquí no se quejan los alcaldes de la oposición. Aquí no se hacen colas en las terrazas. Aquí no hace calor.

A estas alturas, no íbamos a llorar porque no contaseis en la televisión que existe Castilla y León, que es el territorio administrativo más grande de toda Europa, con más de 2.500 núcleos de población. A estas alturas no nos vamos a ofender (más) por ser una comunidad autónoma de segunda, por recibir menos financiación, menos atención, menos servicios… Pero, ¡por favor!, no hacía falta borrarnos del mapa, humillarnos, quitarnos el único derecho que creíamos inalienable: el de existir.

No voy a pedir que un madrileño sepa decir el nombre de una consejera de la Junta, igual que nosotros podemos recitar los suyos de carrerilla. Ni siquiera que sepa quién es nuestro presidente. Pero, por favor, ya que tenemos las mismas obligaciones, que no los mismos derechos, levantad la vista de vuestro puñetero ombligo, que en un territorio de 94.224 km2 contiguo al vuestro padecemos el mismo problema con sus mismas fases, sin ruido, con resignación, con responsabilidad y sin dramas sobreactuados. Y es más, sin rencor, porque si llevamos meses jugando en la misma liga es precisamente por lo pegados que estamos.

Lo que sí voy a pedir es que en este país se deje de hacer política y comunicación, o sea gobierno, oposición y relato, como si todo lo que pasase en Madrid fuese extrapolable al resto del estado. Como si todo el país fuese Madrid. Porque esa política propone soluciones para problemas que no tenemos, nos da oportunidades de las que no podemos disponer y nos impone cargas a las que no podemos hacer frente. Y esa manera de contarlo no nos cuenta.

En estos últimos días, ya de terrazas y conversación nada virtual, se oía a la gente de nuestros pueblos decir: “nunca quieren saber nada de nosotros, pues ahora que se queden en Madrid”. Yo no quiero renunciar a nadie, pero que nadie tampoco renuncie a mí.

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Virginia Hernandez
isaeirene2015@gmail.com