Artículo en La Mar de Campos

La mesa camilla

Empezaré diciendo que me da un poco de apuro que mi abuela lea este artículo, puesto que voy a hablar de ella. Pero es que el otro día, sentada con ella alrededor de la mesa camilla, me di cuenta de que estaba asistiendo a un espectáculo privilegiado al que mucha gente jamás podría asistir.

Para empezar porque estaba sentada en torno a una mesa camilla, en una casa de adobe, en un pueblo muy pequeñito de Castilla; y, aunque solo sea por pura estadística, no hay mucha gente que pueda estar en mi misma situación.

Pero lo que me hacía realmente una privilegiada era poder estar conociendo relatos de la historia de hace 100 años de viva voz y en primera persona. Mi abuela estaba contando tantas cosas que yo creía que era yo misma la que las estaba viviendo. Y aunque esto no era la primera vez que me pasaba, ni muchísimo menos, pensaba en la inmensa fortuna que tenía de estar pudiendo vivir algo así.

En San Pelayo nunca fuimos muchos. En los momentos álgidos del verano podíamos juntarnos una cuadrilla de 12 niños y de muy distintas edades. Pero cuando el período de vacaciones acababa para casi todos ellos, las noches de verano cambiaban radicalmente.

Era entonces cuando tras cenar, nos íbamos a casa de mi abuela con los siguientes objetivos:

1) Intentar pescar las sobras (si las había) de la cena que hubieran tenido allí. Croquetas y huevos rebozados eran asunto prioritario.

2) Esperar a que alguna de mis tías sacase algún tipo de bollo o golosina para endulzar la partida a la escoba o entretenernos mientras veíamos la televisión.

3) Objetivo prioritario: la noche de las fotografías.

Mi abuela guarda en una caja y en una cartera y en otra caja más y en un álbum pequeño, además de los dos álbumes grandes “oficiales”, un sinfín de fotografías antiguas que dan testimonio de cómo fue su vida, cómo fue ella misma y cómo fue el pueblo desde el que ahora escribo.

Todos los años repetíamos el ritual. Esparcir todas esas fotografías sobre la mesa camilla y conocer a las personas que allí están guardadas. Las hay del paseo, de las fiestas, de la escuela, de la procesión del Corpus, de la mili, de la matanza, del río… Aparece gente que conozco bien y gente a la que no conocía pero que año tras año he acabado por conocer, como a esas mujeres que están con mi abuelo en la fiesta de la Mudarra.

Y sí, las conozco, pero eso no impedirá que este año quiera reencontrarme de nuevo con ellas.

A través de las palabras de mi abuela sigo conociendo la razón de mi seguir aquí. A veces pienso si no habrá sido una suerte ser de un pueblo tan pequeño, la soledad propia de quien no tiene con quien jugar me ha permitido pasar muchas noches de verano en torno a una mesa camilla hablando con mi abuela y a través de unas fotografías haber sabido de mi historia y mis raíces.

Cuántas veces nos empeñamos en la modernidad mal entendida y en desterrar la sabiduría ancestral: cuando ninguno de nuestros abuelos quede, nos arrepentiremos de haber estado tan ocupados como para no haber tenido oídos con los que saber escuchar. Y solo escuchar, constituye en sí mismo una gran virtud.

Cuando tenga mi casa propia pondré en el comedor una mesa camilla y espero, como mi abuela, poder contar historias en torno a ella. Y también pondré un escaño para recordar a mi abuelo. Y en mi escaño y en mi mesa camilla les recordaré a ambos. También a las personas de las fotografías. Y al San Pelayo de antaño para comprender el de ahora. Recordaré mi pueblo y el tuyo, porque como dice Eduardo Galeano al inicio de El libro de los abrazos, recordar, del latín re- cordis: volver a pasar por el corazón.

Y es que cuando dejemos de pasar nuestra historia por el corazón dejará de latir el nuestro propio.

Artículo en La Mar de Campos

 

***Escrito para La Mar de Campos en agosto de 2017.

Virginia Hernandez
isaeirene2015@gmail.com