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La escuela rural

El pasado 22 de octubre, El Mundo dedicaba un artículo a la escuela más pequeña de España: tres alumnas, cero deberes y mucho campo. Esta escuela no estaba en Soria, ni en Cuenca ni en Teruel, tampoco en la montaña palentina o de León, tampoco en Zamora. La escuela a la que se refería el periódico en su edición dominical era la escuela de Torrecilla de la Abadesa, a 30 kilómetros de San Pelayo, el pueblo de quien escribe, y a cuyo mismo CRA, el de Torrelobatón, perteneceríamos, si yo aún estuviera en edad escolar.

En la escuela de Torrecilla de la Abadesa solo quedan tres niñas, como pasa en otros cuatro coles de Castilla y León, los únicos de España que se mantienen abiertos con solo tres alumnos; número que ha suscitado siempre un importante debate entre los que somos partidarios de la escuela rural, por generar serias dudas de que sea suficiente para que los que nos suceden puedan tener una formación y una relación adecuada con sus iguales.

Este debate, además, surge siempre que una escuela cierra sus puertas aun habiendo niños en el pueblo, porque algún padre o madre ha decido llevar a sus hijos al colegio de un municipio mayor. El enfado de quienes ven cómo se les cierra la escuela en las narices habiendo alumnado suficiente suele ser mayúsculo; sin embargo, yo siempre he tendido a entender a quienes, supongo que no sin cierto pesar, han decidido que la educación de sus hijos ha de llevarse a cabo en un centro mayor.

De hecho, yo que me niego a imaginar mi vida futura desvinculada del agro, reconozco que aun alabando y creyendo muchísimo en la escuela rural, siento que me traiciono, pero probablemente haría un replanteamiento de mi propia vida y su relación con el pueblo a la hora de afrontar la maternidad.

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Pero claro, esto pasa hasta que el reportaje de una escuela tan cercana a tu pueblo te sacude ese poso de urbanismo y cultura de la multitud y la prisa como sinónimo de prosperidad y progreso que inevitablemente nos queda, y te recuerdas que todas las bondades teóricas que recitas de la escuela rural, a veces son realidad.

Porque el problema de nuestra escuela rural no es la falta de nivel o que los más pequeños del pueblo tengan que relacionarse con otros que no comparten su misma edad, como ya hacen fuera de las aulas. El problema de nuestra escuela rural hunde sus raíces en un sistema que, mientras siga identificando la ciudad con el futuro y la prosperidad y lo rural con lo rústico y lo cateto, propicia que ningún maestro quiera venir a enseñar aquí.

El problema de las escuelas de nuestros pueblos es que el profesorado está formado, fundamentalmente, por juventud recién graduada a la que tras la oposición no le ha quedado más remedio que ir a iniciar su andadura profesional a un pueblo, pero este pueblo no es más que el lugar de paso donde fabricar puntos hasta acercarse a la ciudad a la que aspiran llegar. Cada año un pueblo, cada pueblo más cercano a la capital. Los pueblos de Tierra de Campos, por ejemplo, son los últimos elegidos como destino en nuestra provincia. Y si el profesorado de nuestros alumnos es nuevo cada año y nuestra escuela para ellos un estado transitorio, se hace verdaderamente difícil una dirección de centro y un equipo educativo con un proyecto a largo plazo y un compromiso con la escuela rural. Porque quien está en ella no cree en ella; no se trata más que de un trance a pasar en el crecimiento profesional.

Sin embargo, te topas con un artículo como el de tres alumnas, cero deberes y mucho campo, o conoces el CRA Campos de Castilla, que tuve el gusto de visitar en Becilla de Valderaduey, y sería injusto no nombrar en este artículo, y piensas que si finalmente decidiera que mis hijas no estudiaran en el cole rural, no sería porque no se me cae la baba con la educación que se imparte en las escuelas que sí tienen un proyecto propio de cole rural, sino por el sistema que, una vez más, nos está expulsando de nuestros pueblos.

Y es que tenemos que exigir a los responsables de educación en la Junta y el Gobierno que garanticen calidad para el alumnado, pero también para las docentes; para que nuestros pueblos no sean el apeadero de un tren con destino a la ciudad; para que los profes no vivan nuestros pueblos como la oficina de las afueras a la que tienen que ir sin más remedio; para que se involucren; para que creemos proyectos de comunidad a largo plazo, porque la educación no es solo cosa de niños; y, en última instancia, puedan y quieran también quedarse a vivir aquí. Que no solo ellos pasen por el pueblo, sino que el pueblo pase también por quien vino a enseñar a las más pequeñas a vivir.

Y es que, ¿cómo querrán quedarse las generaciones venideras a vivir en el campo si quienes las educan quieren salir huyendo de estas calles? Menos mal que hay, al menos, una profesora en Torrecilla de la Abadesa, que sabe que no hay mejor extraescolar, ni fiesta de cumpleaños. ni ciudad llena de cosas, que saber llegar al río, con palabras llanas y los insectos, hablando del sol.

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Virginia Hernandez
isaeirene2015@gmail.com