Identidad, futuro y dignidad.

Quedan pocos días para la fiesta de nuestra comunidad; ya asoma en el horizonte el 23 de abril… como decimos mis amigos y yo en tono jocoso, la Navidad del pueblo castellano. Porque desde hace años el 23 de abril es el día en que, no sé qué astros confluyen mediando tantos diarios cualquiera en otras comunidades autónomas, para que un nada desdeñable puñado de amigos hayamos podido congregarnos en la campa año tras año al calor de las jotas, la bandera y, por supuesto, el buen vino y el buen chorizo.

Fui por primera vez a Villalar con 17 años. Estaba en segundo de bachillerato, año que recuerdo sumergida entre libros para enfrentarme a la tan temida Selectividad. Fue un año de estudiar mucho y salir poco, pero mi padre me llevó a mí y a otra amiga, donde nos encontramos con otros más afortunados que habían pasado la noche allí. Para mí era un día de fiesta, por supuesto, pero también de reivindicación, porque yo con 17 años era un poco punki, pero, en todo caso, un día para pasar entre amigos.

El siguiente año, hecha toda una universitaria, ya acampé. Y veo en mis fotos que ya iba envuelta en morados pendones castellanos… eso sí, en todas las fotos es de noche.

Solo un año después tengo ya fotos de la campa, de las jotas, del día, de los conciertos de música tradicional… Y con los 20 años cumplidos no solo acudí de buena mañana al monolito, sino que, a juzgar por las fotos que conservo, ya me sabía de principio a fin cada canción del Nuevo Mester de Juglaría.

Virginia con pendón castellano

En 2010 empezó a gestarse lo que hoy llamamos nuestra Navidad. Yo estudiaba Filología Hispánica e Historia y nada me apasionaba más que conocer la historia de nuestra tierra, investigar cada rasgo de nuestra lengua, aprender nuestro folclore y… en suma, conocer y reconocerme en cada uno de los rasgos que conforman nuestra identidad cultural y nuestra personalidad como pueblo castellano.

Si miro hacia atrás, puedo comprobar, mientras recorro la memoria fotográfica de mis 23 de abril en Villalar, como mientras yo crecía como persona crecía también mi capacidad de comprender que es imprescindible ser conscientes de que pertenecemos a un ente mayor, que entre todas las personas formamos una comunidad, y que las gentes de esa comunidad compartimos una historia común, un territorio, una lengua, una literatura, una música, una tradición…

Si miro mis fotos de 2010 soy perfectamente consciente de que Villalar ya no era para mí solo una fiesta, que también y bien sonada, sino que lo que para muchos se trataba de una acampada, un botellón, un picnic y algún concierto de rock, para nosotros, para los que decimos celebramos esta particular Navidad, el 23 de abril era el día en que nos reconocíamos y nos celebrábamos como parte de esa comunidad, como parte de un mismo pueblo.

Y así pasaron los años hasta que con 24 años dejé de ir a dormir y empezamos a madrugar. Lo que en principio fue motivo de mofa para mis amigos, pero que pronto se empezaron a copiar.

dulzainero

Y así nos van pasando los años. Vivamos donde vivamos, intentamos hacer lo posible para encontrarnos en Villalar. Llegamos al pueblo cuando apenas otros sí se han ido a dormir, solo con pisar la campa nuestros pies empiezan a bailar, el primer pincho de panceta y el primer trago de vino no se hacen esperar. Religiosamente hacemos la ofrenda en el monolito, visitamos el pueblo, las casetas, los conciertos… Nos celebramos.

Porque el 23 de abril es una fiesta. Nuestra fiesta. Y nos celebramos como pueblo unido, con un pasado común, con un folclore común, con una lengua común. Pero también nos reivindicamos, porque no se puede consentir que esta tierra siga perdiendo 64 personas al día, que con ello se pierda nuestra historia, nuestro patrimonio, nuestra cultura… Que nos sigan esquilmando y a los pocos que quedamos cada vez nos recorten más derechos, más sanidad, más educación y ni siquiera se hayan molestado en conectarnos a Internet. No se puede consentir que se deslocalicen nuestras empresas, que no se protejan nuestros productos y que, ¡encima!, tengamos que seguir exportando a nuestra juventud como mano de obra barata, a pesar de estar sobradamente formada, para que otros disfruten de lo que aquí hemos cultivado.

Por eso, el 23 de abril, mis amigos y yo celebramos y reivindicamos esta maltratada tierra hermosa. Y en Villalar nos juntamos con más y más amigos y con gente que viene de otros pueblos y otras provincias y todas nos convertimos en uno, y todos cantamos a una y todos reivindicamos lo mismo: identidad, futuro y dignidad para Castilla y León.

Sin título (1)

Virginia Hernandez
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