Artículo en La Mar de Campos

Estamos de moda

Las cosas del pueblo están de moda. No la falta de acceso al transporte, a Internet, a la sanidad o la educación. No la falta de servicios o la falta de derechos, eso no. Sino las cosas que siempre han pertenecido a la vida del campo, las acciones que han ido intrínsecamente ligadas a la vida campesina, a lo común, a la tierra, a la naturaleza… a la esencia de lo rural.

Y no es que la gente de pueblo nos estemos gustando más ahora, que también. Sino que la gente prototípicamente urbanita nos está copiando.

Y antes de que penséis que me he vuelto loca, me voy a explicar.

Seguramente, en los últimos tiempos habéis leído o escuchado términos como foodie, veggie, realfooding, y otros términos ingleses que hacen referencia a una afición por la comida y, sobre todo, por la comida sana y natural, que podríamos unir a otros términos castellanos como ecológico, natural, bio, y un largo etcétera de etiquetas con que muchas personas califican sus menús, y que representan el estadio último de una afición que se está haciendo masiva en las grandes urbes y que apunta directamente al origen de los alimentos y, por tanto, al medio rural.

Hasta ahora el huerto era, prácticamente, un pasatiempo de jubilados y de chavales en bicicleta que iban a robar los calabacines del jubilado del pueblo de al lado. Hasta hace nada, lo moderno, lo que se estilaba en las ciudades, lo que marcaba la diferencia entre el grueso de la población y ese jubilado de pueblo que mataba las horas al sol, era la posibilidad de ir a la compra y echar en el carro una bandeja de comida que no necesitaba más que 5 minutos de microondas para tener, a priori, un excelente plato sobre la mesa.

cesta del huertoPero de repente algo cambió, y la sociedad empezó a hacerse consciente de que envolver tres naranjas en un plástico, aparte de tener poco sentido, generaba residuos innecesarios, y, sobre todo, empezó a darse cuenta de que si podíamos comprar pollo cocinado semanas antes y comerlo semanas después algo más que pollo debía contener ese paquete. Nos dimos cuenta de que comer tomates todo el año si las tomateras no producen ininterrumpidamente era un tanto anormal. La sociedad empezó a darse cuenta de que el azúcar era veneno, de que nos estábamos poniendo tan gordos que nos estábamos poniendo enfermos y que ni los dónuts ni el chóped crecían en la huerta del jubilado. Nos dimos cuenta de que, a lo mejor, si un alimento tenía que recorrer miles y miles de kilómetros para llegar a nuestro plato, no era necesario… Y esa masa de gente moderna y urbanita empezó a cambiar y, ¿hacia dónde volvió los ojos? Hacia lo rural.

Ahora lo moderno no es comprar en una gran superficie, sino comprar en la tienda de tu barrio o incluso en las llamadas cestas, o sea alimentos que vienen directamente del lugar donde han sido producidos, sin ser procesados y sin haber recorrido apenas kilómetros. Ahora lo moderno son los huertos urbanos; la gente planta en la terraza de su casa los mismos tomates que se va a desayunar. Ahora lo moderno es saber en qué temporada toca comer cada fruta u hortaliza, algo que en el pueblo siempre supimos… porque nadie planta los tomates en enero ni los ajos en julio.

Estamos de moda. Probablemente nosotros no éramos conscientes. Y quizás tampoco lo sean quienes ahora inspiran en el pueblo su forma de vida. Pero ya que siempre hemos parecido más catetos, menos progres y poco contemporáneos… vamos a sacar pecho. Y así como dicen los más modernos de los grupos de música que les gustan cuando se ponen de moda: “yo ya lo escuchaba antes de que se hicieran famosos”, digámoslo nosotros con la boca bien abierta y la cabeza bien alta: “yo ya lo plantaba antes de que se hiciera famoso plantar”.

 

Artículo en La Mar de Campos

***Artículo publicado en La Mar de Campos en junio de 2018.

Virginia Hernandez
isaeirene2015@gmail.com