fotografía televisión Tour de Francia

El tour de Francia

Pocos eventos han suscitado en mi casa tanta confrontación por el mando a distancia como el Tour de Francia. Durante años se repetía, con el inicio del verano, la misma pelea por la posesión del dichoso aparato y, por ende, del canal de televisión. No hay verano que atesore mi memoria en que el tour de Francia no provocase, casi casi, un cisma familiar… Pero volver de la piscina a la hora de comer, a una hora, por cierto, casi más propia para merendar, e interrumpir la algarabía veraniega con semejante aburrimiento, era un agravio que en muy pocas familias se asumía sin dolor.

¿Acaso hay una escena más costumbrista que la del padre de familia dormido en el sofá con el Tour de Francia de fondo? ¿Acaso hay algo más cotidiano que esa hija que le roba el mando tras unos cuantos minutos de ronquidos para cambiar de canal? ¿Acaso hay algo más común en todas las casas que ese padre que da un respingo porque el Tour de Francia ha dejado de sonar como la melodía que mece sus sueños en las siestas de verano? No en vano, siempre ha corrido el rumor de que cuando todos los padres se quedan dormidos en el sofá, los ciclistas se bajan de la bici…

Durante toda mi vida el Tour de Francia ha sido fuente de disputas familiares; en mi caso, los jefes de los ejércitos contendientes son mi padre y mi hermana, y ya vamos para 30 años de guerras fratricidas. Yo, más resignada, he contribuido al anecdotario familiar con recuerdos como aquel que tantas carcajadas generó cuando siendo una ternasca aburrida de mirar la tele quise comentar, por participar un poco de la tediosa imposición, y dije que qué bueno era tête de la course, que siempre iba el primero.

Tour de Francia

El tour de Francia siempre ha estado ahí a lo largo de los años y siempre me ha parecido una cosa tremendamente aburrida; pero, sin duda, su presencia en nuestra televisión y las disputas familiares que generaba eran muestra inequívoca de que estábamos en verano. Y en el fondo, aunque ver a un montón de señores pedaleando mientras comíamos y reposábamos después me enfadase mucho, sobre todo cuando mi padre ya caía en trance y aun así no podíamos cambiar de canal, el Tour de Francia me daba felicidad, la felicidad de saber que era verano y estábamos de vacaciones.

Por eso, que haya pasado el mes de julio sin ver un pódium ni un maillot me ha sumido en una tremenda nostalgia. Sin tour, sin piscina, sin tanto vaivén por tierras y carreteras durante la siega debido a la gran maquinaria que trabaja hoy nuestros campos, sin barbacoas, sin fiestas de pueblo y sin grandes planes ni escapadas, estamos viviendo un verano con cierto regusto descafeinado. Quizás también sea que me estoy haciendo mayor y algún día tendré que asumir que mi tiempo de llevar las rodillas llenas de mercromina, jugar al escondite y cenar de bocadillo ya pasó.

O lo que es peor, que con los años yo también he cogido cierto cariño al dichoso Tour de Francia y que solo es cuestión de otros pocos años que yo también acabe quedándome profundamente dormida escuchando a Perico Delgado o a quien le suceda, mientras unas pequeñas criaturas se afanan en cambiar la melodía de la nana que me duerma en las sobremesas del mes de julio.

 

 

 

 

Virginia Hernandez
isaeirene2015@gmail.com