Artículo en La Mar de Campos

Cenar de bocadillo

Mi infancia son recuerdos de un corral de San Pelayo (y también de Peñaflor) y un huerto claro donde no maduraba el limonero, pero si maduraba algún manzano, tras una tapia que en un verano cogimos cierto regusto a saltar.

El pueblo en verano es como regresar a la Arcadia. Porque cuando llega julio el pueblo cambia y las calles que pisas no son las de todos los días, sino las de los recuerdos de la infancia que inevitablemente vuelven a ti en cada momento y te recuerdan aquella inocente felicidad como inevitable lugar común al que volverás día tras día mientras vivas.

Me pasa, por ejemplo, con la leche frita. La leche frita es la excusa de mi abuela para celebrar algo o simplemente hacernos más felices. No sé si es el dulce que más me gusta, pero sí el que mejor me sabe, porque me sabe a muchas cosas. Tengo en la cabeza la idea de que mi abuela hacía leche frita el día que mi abuelo y mi tío terminaban de segar. No sé si esto es realmente así, si pasó una vez, o no pasó nunca. Pero la leche frita siempre me trae el recuerdo de mi infancia y esa felicidad que, al menos yo creía, sentíamos todos. La leche frita me sabe a infancia y me sabe a siega.

Sigo hablando de comida, pero no es deleite palatal sino cosquilleo en el estómago lo que me produce el girasol con sus pipas, apoyado en algún poyo, como sin ser muy atendido, pero siendo poco a poco devorado.

Pero sin duda, si hay un elemento que representa el culmen de la infancia, de los recuerdos, del pueblo y de todo lo felices que fuimos, es cenar de bocadillo. Llegaba el verano y toda calle era poca para recorrer. El verano nos expulsaba de casa y ni la noche más cerrada nos parecía suficiente para volver. Llegar a casa a las 12 de la noche era religión, y cada palabra que dos madres cruzaban entre ellas a partir de esa hora, en el intento de recogernos, eran minutos que sabían al mayor de los triunfos. Más calle.

Nos hemos escondido en los rincones más remotos, hemos estado al límite de lesiones más que graves por brincar por donde no debíamos, hemos explorado el cementerio verano a verano como si de una excursión al lugar más exótico de la Tierra se tratase. Pero, sin duda, nada más perfecto que cenar de bocadillo.

Nada puede superar la explosión de felicidad que sentíamos cuando la tensión con la que al caer la noche emprendíamos el camino a casa para hacer la pregunta clave: “¿puedo cenar de bocadillo?” finalizaba con un “sí”. ¡SÍ! Entonces había que hacer el bocadillo a toda prisa e irnos a buscar los unos a los otros porque las calles no podían soportar tanto tiempo nuestra ausencia.

Unas salchichas de Frankfurt con kétchup metidas en pan y envuelto todo en una servilleta que acababa completamente pringada sabía a lo que no te sabe nada hoy, aunque vayas al mismísimo Celler de Can Roca.

Mi infancia son recuerdos de un corral de San Pelayo, y también de Peñaflor.

Artículo en La Mar de Campos

***Artículo publicado en La Mar de Campos en agosto de 2018.

Virginia Hernandez
isaeirene2015@gmail.com